Francisco. Cuando la motivación vence las propias limitaciones

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Llevaban más de cincuenta años juntos sin apenas separarse salvo por las obligaciones que son necesarias cuando se cría una familia. Su vida juntos siempre había sido feliz. Francisco adoraba a Josefina y ella disfrutaba con su papel de esposa y madre y, con el tiempo, también abuela.

Los años habían ido pasando y en el camino se habían ido llevando unas cosas y trayendo otras. Lo último que habían traído era una demencia en Francisco, apenas detectable al principio salvo por pequeños despistes, pero que iba progresando sigilosamente, imparablemente, hasta hacerse evidente y confirmándose con el diagnóstico de arterioesclerosis múltiple. Era imparable. Un cuerpo aún bello y fuerte. Un cuerpo dominante como lo eran aparentemente los padres de familia en aquellos tiempos, aunque fueran las madres las que gobernaran la casa. Una mente que iba perdiendo sus capacidades, su fortaleza, su seguridad, poco a poco, inexorablemente.

La vida se iba haciendo difícil ya que resultaba increíble entender que un cuerpo tan fuerte albergara una mente en deterioro progresivo. Costaba aceptar que ese cuerpo potente no fuera ya capaz de exhibir todo su potencial. No había ninguna señal externa de lo que estaba pasando en su cerebro. Tan solo su conducta revelaba su deterioro.

Mi abuela Josefina hacía caso omiso a la realidad y se empeñaba en que su marido siguiera siendo el hombre con el que había compartido tantas décadas de su vida, el hombre que la seguía amando y deseando, que la seguía seduciendo aún andando ya por la séptima década. Resultaba muy simpático ver como mi abuelo se acercaba a mi abuela por detrás cuando ella estaba en la cocina y le hacía sentir su miembro viril lleno de deseo. ¿Cómo podía haber cambiado el hombre que aún seguía deseándola? ¿Cómo se estaba volviendo tan torpe? Mi abuela no podía evitar decirle: “Francisco, no te levantes”, “Francisco, ayúdame a mover este mueble”, “Francisco, ¿por qué te quitas el pantalón?…….

Recuerdo nuestros paseos en el coche 600 familiar por los campos que teníamos en Buñol. Era necesaria una gran paciencia para conseguir que mi abuelo coordinara sus dos piernas y sus dos brazos, además de su corpulento torso para entrar en el 600. Por supuesto, el coche no ofrecía muchas facilidades. Tras un largo rato, conseguíamos que mi abuelo se sentara en el asiento del copiloto y partíamos a los campos. Pero, esa hazaña solo era el principio de una interesante tarde, ya que al llegar al campo comenzaba la hazaña contraria: que saliera del coche y, tras un paseo campestre, volvía a comenzar el proceso de que se sentara en el asiento del copiloto y que volviera a salir del coche al llegar a casa. No recuerdo que esta rutina fuera excesivamente estresante para mi familia, quizás mi juventud hacía que la percibiera como algo simpático. Entiendo ahora, con el paso de los años, el esfuerzo de la familia para intentar llevar una vida lo más normal posible cuando uno de sus miembros está perdiendo la cabeza.

Sin embargo, lo que realmente me sorprendió, y es por lo que cuento esta historia, es lo que ocurrió un día especial, que desde entonces ha formado parte de “mis momentos de eternidad“. Mi abuela había sido ingresada en un hospital en la ciudad de Valencia para una intervención quirúrgica en la rodilla. Ello hizo que mi abuelo pasara muchos días sin poder verla, días que imagino cuán largos se le hicieron. Siempre esperando que volviera, que pudiera verla de nuevo y seguir amándola. Pero no volvía. Finalmente, decidimos llevar a mi abuelo al hospital para que pudiera verla. Cuando se lo dijimos su cara cambió. Era pura alegría, pura ilusión. Le vestimos para que estuviera muy guapo y apuesto, como aún seguía siendo. Y ya llegó el momento de que subiera al coche. Por supuesto, estábamos preparados para un largo protocolo, cargados de paciencia y amor, cuando, para nuestra sorpresa en un solo movimiento perfectamente coordinado se sentó en el asiento del copiloto. Nos quedamos sin palabras. ¿Qué había pasado? ¿Ya estaba? ¿Tan fácil? ¿Nada que decirle?

Esta historia ha formado parte de mi familia desde entonces pero es ahora cuando la entiendo. La inmensa motivación que tenía mi abuelo ante el placer anticipado de volver a ver a mi abuela, a su amada, consiguió que su cerebro funcionara al máximo de sus posibilidades, superando, incluso, su propio deterioro.

La motivación vence las propias limitaciones.

Foto: Mi abuela Josefina y mi abuelo Francisco en el día de su boda.

Manuela Martínez-Ortiz
Acerca de Manuela Martínez-Ortiz 48 Articles
Es un placer darte la bienvenida a mi página web en la que voy a compartir información sobre Neurofelicidad y sus aplicaciones en diferentes ámbitos de nuestra sociedad como son el ámbito de la salud, el escolar, el laboral, y el económico, entre otros. Soy Doctora en Medicina y Cirugía y Catedrática de Psicobiología en la Facultad de Psicología de la Universidad de Valencia. Durante muchos años he trabajado en Neurocriminología, tanto en la biología de la conducta violenta como en las consecuencias que ser víctima de violencia tiene en la salud de las personas.

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